Serendipia. Arte contemporáneo y azar

Una exposición virtual, concebida por casualidad desde la necesidad.

 

Según la RAE (Real Academia Española) serendipia es una adaptación del inglés serendipity, y significa «Hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual.»

Un hallazgo afortunado, que se produce de manera inesperada o accidental, muchas veces cuando estamos buscando una cosa totalmente distinta.

Según el diccionario Oxford, serendipia es el arte de encontrar cosas sin proponérselo.

Siempre me ha interesado la relación del arte contemporáneo con el azar.

Es curioso cómo al buscar el significado de serendipia, me doy cuenta de que es una definición que me ayuda a entender parte del método de trabajo que suelo emplear de manera bastante habitual.

La utilización del azar, de aquellos imprevistos que van surgiendo como parte del proceso de trabajo, hace mucho tiempo que forman parte intrínseca de mi forma de creación.

El Aikido enseña a no estar nunca en el lugar donde el contrincante te espera.

Sin embargo nuestra conducta habitual, condicionada por mil patrones repetidos durante toda la vida, nos aporta la tranquilidad de minimizar nuestros errores, evitando así, la responsabilidad de asumirlos.

El romper patrones, probar y equivocarse mil veces es duro, a veces parece inútil, pero tomado como un juego, sin implicarse en el fracaso que a menudo aparece, puede resultar productivo y a la vez divertido.

La serendipia sucede cuando buscamos en lugares donde nunca pensaríamos racionalmente hacerlo.

Louis Pasteur destacó la importancia de la observación acompañada de ingenio en la ciencia: «En el campo de la observación el azar solamente favorece a las mentes preparadas»

La suerte es de quien la busca, dice el refrán castellano. A lo largo de los tiempos, por delante de los ojos humanos han pasado de forma constante hechos de interés, pero únicamente un número reducido de personas ha sabido elaborar hipótesis acertadas a partir de la observación de hechos que han podido ser casuales o no.

Ramón y Cajal, en Las reglas y consejos sobre investigación científica comenta que «la casualidad no sonríe al que la desea, sino al que la merece. Y es preciso reconocer que sólo la merecen los grandes observadores, porque solamente ellos saben solicitarla con tenacidad y perseverancia deseables y cuando obtienen la impensada revelación, sólo ellos son capaces de adivinar su trascendencia y alcance.»

Creo que de la misma manera que el científico, el artista debe pactar con el azar a través de la observación.

Le oí decir a Jaume Plensa que la creación es un estado de ánimo especial con la vida, una percepción sutil de la realidad. De repente vemos a alguien en la calle haciendo un gesto como si nadie lo hubiese hecho antes, o sonriendo como si estuviera inventado la sonrisa y esto nos produce una satisfacción extrema. Los artistas nos diferenciamos por la pulsión innata y obsesiva que desarrollamos por fijar estas sensaciones tan sutiles como extraordinarias.

El azar, la improvisación, la inmediatez y el automatismo, ha sido una constante en los movimientos artísticos del siglo XX. Desde el expresionismo al surrealismo, del minimalismo al dadaísmo, del arte conceptual al arte povera, en la mayoría hay en mayor o menor grado un uso de la serendipia como instrumento para incentivar la creatividad y encontrar territorios nuevos e inexplorados.

Y es que la creatividad, por desgracia, no viene de las musas. No te levantas un día y eres bendecido con el favor de los dioses que te conceden la inspiración gratuitamente. Como dice la conocida frase atribuida a Edison y utilizada a veces por el gran Umberto Eco: la genialidad es un 1% de inspiración y un 90% de transpiración. Yo añadiría además, que hay un porcentaje importante de azar o serendipia, un factor importante y fuera de nuestro control.

El azar, también lo suelo utilizar como aliado en la elección de materiales.

Durante el siglo XX se produjo dentro de las vanguardias artísticas, una constante incorporación de materiales considerados como no artísticos, industriales o de deshecho, materiales poco nobles para ser parte integrante de una obra de ARTE con mayúsculas. 

Digamos que los artistas nos fuimos liberando de la necesidad de perseguir la inmortalidad y trascendencia a través de nuestras obras. Una necesidad que implicaba el uso de procedimientos y técnicas altamente perdurables en el tiempo, con componentes de la obra de arte considerados como materiales «nobles». Esta liberación nos permitió abrazar la poesía inherente a lo transitorio y efímero.

Así, en mi trabajo, desde hace tiempo aprovecho y reutilizo materiales industriales o de uso doméstico, como maderas, cartones o plásticos como parte integrante de mis obras.

Mi intención detrás de este procedimiento no es la del reciclaje o el ecologismo, sino que más bien me dejo llevar por las emociones plásticas efímeras de las que hablaba Jaume Plensa, sensaciones que muchas veces son producidas por materiales humildes y considerados como desechos industriales y no artísticos. Y es la obsesión por fijar estas sensaciones lo que produce como resultado la obra de arte.

Dicho esto, he de reconocer que el proceso creativo implica un conjunto de circunstancias complejas que no sólo dependen del azar. 

Es cierto que considero el azar como un disparador de la creatividad, pero ese resultado creativo excelente, la mayoría de veces difícil de prever, no solo está producido por la casualidad, sino que ha de estar respaldado por un trabajo constante y una sensibilidad que hay que trabajar y desarrollar. 

La creación, como dice Jaume Plensa en la entrevista citada anteriormente, es un estado de ánimo, un estado de conciencia especial en el que el artista, obsesionado por la fijación de esos momentos de especial sensibilidad, es capaz de transmitir sensaciones y sentimientos universales que los consumidores de la obra pueden apreciar transformando así su conciencia.

Y ya para acabar con las reflexiones sobre la serendipia. Parece ser que en 1981, el escritor estadounidense Dean Koontz publicó una novela de terror llamada Los ojos de la oscuridad sobre un virus mortal desatado en China en el año 2020 con el nombre de Wuhan-400. La coincidencia resulta increíble, puesto que a finales del año 2019, se conoció la existencia del virus SARS-CoV-2 que produce la enfermedad infecciosa denominada COVID-19, la cual inició su expansión en la provincia China de Hubei, cuya capital es precisamente, Wuhan, la ciudad donde comenzó el brote epidemiológico.

Hoy con el nuevo paradigma que se nos ha presentado se me ha ocurrido que teniendo gran cantidad de obra producida no puedo exponerla en público debido a las restricciones condicionadas por la pandemia. Pero ¿y si la muestro a través de una exposición virtual?

 Ahora es tiempo del espectador de la exposición. ¿Será capaz la muestra de sugerir esos sentimientos y emociones recogidos desde la serendipia, de mostrarlos y hacerlos aflorar? 

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